21.11.2017
INTRODUCCIÓN
SOMBRAS DE MORGUL - SOMBRAS DE MORGUL

INTRODUCCIÓN

 

Un gran cuerno sonó con un quejido ronco para anunciar que los exploradores habían regresado, al instante, la patrulla de orcos respondió desde la lejanía con unos ásperos gritos y haciendo sonar sus cuernos mientras avanzaban machacando la vegetación con sus pesadas botas claveteadas. Toda la compañía corría con largas zancadas y en desorden. Se empujaban, se daban codazos y maldecían; sin embargo avanzaban rápidamente. Uno de los capataces blandía un látigo, pero por ahora el licor de los orcos les calentaba el cuerpo y no había sido necesario usarlo.

Otra ronca llamada de cuerno y unos gritos agudos, que se perdieron en la distancia, les dieron la bienvenida. Habían llegado al límite del campamento y marchaban más lentamente. Hubo una cascada de risas rotas, pero pronto callaron; en medio del clamor se alzó una voz grave, dando órdenes.

El chamán del campamento se acercó para averiguar si los exploradores habían cumplido sus mandatos.

El ritual había funcionado, las tinieblas se extendían bajo el sol y el fuego brillaba débil entre la densa humareda que flotaba en el aire. Los tambores redoblaban en el campamento mientras los acólitos del chamán se entregaban voluntariamente a las místicas visiones que el humo de la hoguera les hacía presenciar

Las Montañas Nubladas hervían como hormigueros, los orcos salían de innumerables madrigueras. Pero una nube cubría El Paso Alto con un manto gris que sólo permitía apreciar algunos movimientos furtivos. La muerte observaba oculta tras el velo con unos ojos fríos, los muertos abandonaban sus tumbas para embrujar y atraer a los incautos que cayeran bajo su influjo. Bajo las ramas del Bosque Negro había una lucha enconada de elfos, hombres y bestias feroces. La tierra de los Beórnidas estaba en llamas, columnas de humo se elevaban en las fronteras de Lórien. Unos Jinetes galopaban sobre la hierba de Rohan mientras que las huestes de La Mano Blanca, al servicio de Isengard, lo asolaban todo a su paso. Los lobos llegaban en jaurías al bosque de Fangorn y en el este se alzaba amenazadora la fortaleza de Gorgoroth, en el País de Mordor.

La oscuridad aumentó y las visiones cesaron. La niebla se deslizaba como si estuviera viva, pero tras unos instantes, se retiró y desapareció.  

En el campamento, la charla era inteligible; algunos de los orcos estaban usando la Lengua Común. Había allí miembros de dos o tres tribus muy diferentes, que no entendían la lengua orca de los otros. La airada disputa tenía como tema qué ruta tomar para poder escapar de aquel maldito lugar. Unos alaridos feroces en lengua orca fueron la respuesta y se oyó el ruido metálico de las armas desenvainadas. Los guardias se habían acercado para unirse a la pelea. A través de la penumbra apareció un orco grande y fuerte, sin duda uno de los lugartenientes, le plantaba cara una criatura de talla corta y maciza con unos largos brazos que casi le llegaban al suelo. A su alrededor había otros orcos más pequeños que le apoyaban en su intención de desafiar a su rival. Todos habían desenvainado los cuchillos, pero no se atrevían a atacar. El lugarteniente dio un grito y otros orcos, casi tan grandes como él, aparecieron corriendo. En seguida, sin ningún aviso, saltó hacia adelante, lanzó dos golpes rápidos y las cabezas de dos orcos rodaron por el suelo. Su oponente se apartó y desapareció en las sombras. Los otros se amilanaron, uno de ellos retrocedió de espaldas y cayó al suelo. Esto le salvó la vida, pues los seguidores del lugarteniente saltaron por encima de él y eliminaron a otro enemigo. 

Cuando la refriega terminó hubo muchas maldiciones y confusión. El matasanos se acercó a uno de los orcos que habían quedado tendidos y le pateó para comprobar si seguía con vida, el orco se quejó. Le ató de pies y manos, le obligó a sentarse y sin cuidado alguno le colocó un vendaje sobre la cabeza. Luego le untó la herida con una sustancia oscura. El orco gritó y se debatió furiosamente, aquello quemaba. Ante sus quejidos los orcos que había a su alrededor batieron las manos y se burlaron. Le estaba curando al modo de los orcos y el tratamiento era eficaz. Cuando el matasanos consiguió, por la fuerza, que su paciente se tragara el contenido del frasco, le cortó las ataduras y tironeó de él hasta ponerlo de pie. Se enderezó, pálido pero alerta y desafiante. La herida de la frente no le molestaba, aunque le dejó una cicatriz oscura para toda la vida.

El lugarteniente no estaba con ánimo de diversiones. A falta de un caudillo, le urgía consolidar su autoridad y no era ocasión de discutir con quienes lo obedecían de mala gana. Desde que el Balrog muriera a manos del Mago Gris, el vacío de poder había despertado la ambición en los caudillos de los diferentes clanes de orcos de Moria. A consecuencia de las luchas internas que se habían desatado, los supervivientes de los clanes derrotados se vieron obligados a huir de las profundidades de la montaña para poder sobrevivir. En las Montañas Nubladas, el emplazamiento del nuevo campamento había reunido a orcos de diversos clanes que buscaban seguridad bajo las órdenes de un nuevo caudillo que los liderara, pero los desprendimientos de rocas y las lluvias torrenciales en El Paso Alto habían dejado aislado el campamento. Atrapados, los orcos estaban a merced de unas ambiciones que podrían desencadenar nuevos conflictos y poner en peligro su alianza.

Mientras los orcos encontraban una forma de escapar del Paso Alto, emisarios de Isengard y de Mordor viajaban hacia el campamento con mensajes de sus amos a la vez que un oscuro Poder de ultratumba despertaba y amenaza la región desde la seguridad de su túmulo.